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Brasil es el escenario de una gran batalla geopolítica global

El politólogo y economista José Luis Fiori analiza las elecciones presidenciales de Brasil como una disputa que trasciende sus fronteras: contrapone el alineamiento con Estados Unidos e Israel que atribuye a Flavio Bolsonaro con la política de Lula da Silva a favor de la multipolaridad y advierte sobre las consecuencias que el resultado podría tener para América Latina y los BRICS.

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“Estas elecciones son una gran batalla geopolítica global”, aseguró a El Destape José Luis Fiori, uno de los más importantes teóricos de la política de Brasil y América Latina, refiriéndose a las presidenciales en su país.

Las disputas que se juegan son muchas, pero una de las principales –afirmó Fiori– “es entre el alineamiento incondicional con Estados Unidos e Israel, representado por Flavio Bolsonaro, y la política externa de Lula da Silva que defiende la multipolaridad y rechaza, sobre todo, esta nueva tentativa norteamericana de reconstruir el poder imperial a través de la fuerza y sin ningún tipo de reglas”.

Fiori señaló además una tragedia que Brasil comparte con Argentina y con todos los países de América Latina: la mayor resistencia para que nuestros países sean desarrollados y fuertes viene desde adentro. Nuestras “élites civiles y militares fueron siempre, mayoritariamente, subordinadas al poder norteamericano”.

José Luis Fiori tiene doctorados en las universidades de San Pablo y Cambridge y es profesor emérito de “Economía política internacional” de la Universidad Federal de Río de Janeiro. Tiene numerosos libros escritos.

Algo curioso sucedió con el último, “Coyuntura e Historia” (agosto 2026), un texto que analiza profundamente la actual situación del mundo. Al terminar esta entrevista el profesor Fiori recibió una foto de Lula leyendo concentrado su libro. La imagen se viralizó: se veía al presidente con un ejemplar cuya tapa es inconfundible: reproduce uno de los íconos de la Revolución Francesa, el famoso cuadro de Eugène Delacroix “La libertad guiando al pueblo” de 1830.

En esta elección presidencial, Brasil se enfrenta a una encrucijada difícil. ¿Cuáles son los escenarios posibles?

–Brasil es el quinto país más grande de la Tierra; su economía está entre las 10 mayores del mundo y su PBI representa el 50% del PBI total de Sudamérica. Es un jugador internacional y es el país más industrializado del subcontinente. Dependiendo de su estrategia económica y su política exterior tiene un gran potencial de crecimiento por delante.

Pero, Brasil, como toda América Latina se desarrolló a la sombra de la potencia imperial dominante. La mayor resistencia a los proyectos para transformarlo en una potencia mediana vino desde adentro del propio Brasil. Sus élites civiles y militares fueron siempre, mayoritariamente subordinadas al poder norteamericano, ya sea en el caso de su antigua “burguesía dependiente y asociada” o a la nueva burguesía financiera internacionalizada.

¿Hubo algún giro en esa constante?

Bueno, Lula y Dilma Rousseff desarrollaron políticas más autónomas y ajustadas a un mundo en transformación acelerada, sin alineamiento en relación a las disputas entre las grandes potencias. Fue lo que pasó con su participación en los BRICS como miembro fundador.

Brasil busca relacionarse con todos los estados sin distinciones ideológicas y sin discriminar por cuestiones religiosas o culturales. Brasil se opone radicalmente a cualquier tentativa de polarización del sistema mundial. Sin embargo, esta actitud encuentra oposición en grupos internos poderosos, cegados ideológicamente e incapaces de comprender las complejidades del mundo contemporáneo.

¿Esa élite subordinada vota mayoritariamente a Flavio Bolsonaro?

Seguro, pero no tanto por su persona sino por lo que él representa. Flavio Bolsonaro implica el alineamiento incondicional a EE.UU. e Israel y el rechazo a la actual política exterior de apertura hacia la multipolaridad. Lula se opone a cualquier tentativa de bipolarización del mundo entre “buenos” y “malos”; entre países supuestamente democráticos y autoritarios; entre la civilización occidental y el “resto”. Pero sobre todo se opone a la nueva tentativa norteamericana de reconstrucción y afirmación de su poder imperial a través de la fuerza o de la voluntad del presidente estadounidense, sin respeto a ningún tipo de regla.

Como ya dije, buena parte de la élite civil y militar brasileña o bien se formó directamente en EE.UU., o bien tiene una fijación cultural atávica por la sociedad y la cultura estadounidenses, o bien son partidarios explícitos de la subordinación y el vasallaje respecto a Washington, como es el caso de los Bolsonaro.

Tengo la impresión de que, en esta campaña, Lula desestimó como rival a Flavio Bolsonaro (un personaje menor) y disputó directamente con el presidente Donald Trump. ¿Es así?

Sí, tiene toda la razón. Incluso los medios conservadores como O Estado y Folha de São Paulo consideran a Flavio Bolsonaro una figura menor, sin ninguna estatura moral, intelectual o técnica como para gobernar Brasil.

En realidad, Flavio es candidato por designación de su padre, Jair, un capitán expulsado del Ejército brasileño, acusado de intentar (o de planear) volar un cuartel de las Fuerzas Armadas de Brasil en la década del 80. Cuando tenía poco más de 20 años, Flavio fue elegido concejal gracias a su padre. Después de eso no hizo nada más en la vida. Nunca ejerció un cargo ejecutivo; padece una notoria insuficiencia intelectual y muchos lo acusan de tener relaciones estrechas con las “milicias” que controlan el mundo del crimen en Río de Janeiro. Sin duda, ningún partido de la derecha brasileña lo hubiera elegido jamás como candidato si no fuera por la imposición de su padre.

Comparado con este chico, el presidente Lula es un gigante. Ya gobernó Brasil durante 12 años, ganó cinco elecciones presidenciales y lleva luchando por sus ideas desde 1968: primero como líder sindical y luego como fundador y militante del Partido de los Trabajadores (PT), la mayor y única organización política brasileña que responde al concepto clásico de los partidos del siglo XX. Hoy, Lula es un líder mundial, reconocido en todo el planeta como uno de los pocos dirigentes realmente humanistas, pacifistas y universalistas que existen. Quizás sea, incluso, el único líder del “mundo occidental” que se opone, de hecho, a la figura y al proyecto de Trump sin agredirlo.

Por eso mismo, muchas veces durante su campaña se dirige directamente al presidente estadounidense y critica su proyecto imperial, sin hacer referencia a Flavio Bolsonaro. Es que ese chico no tiene la menor idea del mundo. Se limita a repetir frases hechas que expresan admiración por Trump y alineamiento con Israel. Una versión un poco menos circense y escandalosa que la del presidente argentino Javier Milei.

En sus discursos Lula apunta contra la injerencia extranjera y exalta la defensa de la soberanía.

Lula sabe que hoy es imposible definir y llevar adelante una estrategia de desarrollo y proyección nacional sin posicionarse y enfrentar los desafíos a nuestra soberanía que plantean tanto la estrategia imperial de EE.UU. como el declive y la fragmentación de Europa y, simultáneamente, el ascenso vertiginoso de China y del continente euroasiático.

Por eso estas elecciones brasileñas constituyen una gran batalla geopolítica global. El presidente Lula tiene claro que la soberanía de los países no es algo estático ni definitivo. No es algo que se tiene por derecho divino. Es una lucha permanente, ejerciéndola y defendiéndola, sin darla nunca por asegurada, ni siquiera por el Derecho Internacional o por las instituciones multilaterales que vienen siendo sistemáticamente atacadas y menospreciadas.

En este momento, Brasil encara la defensa de su soberanía frente a un poder asimétrico e imperial, y contra sectores de la élite civil y militar brasileña, caracterizados por tener una mentalidad “binaria” y servil. Es una coyuntura sumamente compleja y desafiante, pero, al mismo tiempo, es la oportunidad para que Brasil deje atrás su larga dependencia externa y asuma el control de su mando dentro del sistema mundial y ante la historia de la humanidad.

En estas elecciones hay también mucho en juego para Argentina, para la región e incluso para los BRICS. ¿Usted cómo lo ve?

Sí, absolutamente. El impacto mayor e inmediato va a recaer sobre América Latina y los BRICS. Si llega a ganar Flavio Bolsonaro va a apoyar el genocidio en Gaza; va a retirar a Brasil de los BRICS y lo va a incorporar de inmediato al Escudo de las Américas, como hicieron todos los gobiernos de extrema derecha de la región.

En cambio, una victoria de Lula, seguida de una eventual derrota de Milei el próximo año y sumada al México de Claudia Sheinbaum, propiciaría la formación de un bloque progresista integrado por los tres países más grandes del continente, con la posible incorporación de Argentina a los BRICS. Este sería, verdaderamente, un fenómeno nuevo y de gran relevancia, capaz de reconfigurar a América Latina. Desde ya, sería manteniendo relaciones dignas con EE.UU., basadas en el respeto a la soberanía de los pueblos latinoamericanos.

¿Cómo se explica que a pesar de las nefastas políticas de Jair Bolsonaro, casi la mitad de los brasileños votan por su hijo que es lo mismo que votar por él?

Sería largo explicar acá el fenómeno del fortalecimiento de la extrema derecha en el mundo euro-americano. Pero quiero destacar algo que me parece importante y es la diferencia entre Flavio Bolsonaro y los presidentes Milei, el colombiano Abelardo de la Espriella, e incluso Trump. Los tres -en particular el argentino y el colombiano- son figuras marginales, sin pasado político, que surgieron de la nada y de forma repentina con un lenguaje agresivo y vacío, que conectó con el sentimiento generalizado de insatisfacción social y política generado por la gran crisis económica provocada por la epidemia de COVID-19.

En cambio, Flavio Bolsonaro no es un outsider. Él y su familia llevan muchos años militando en el “bajo clero” de la política brasileña y son parte inseparable del “sistema”. No representan ninguna novedad; yo diría incluso que forman parte, desde hace años, de lo peor de ese sistema corrupto -que ellos dicen atacar- para ascender políticamente.

 

Por Telma Luzzani

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