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Economía

Milei tuvo que salir a negar una devaluación ahogado por la presión de los mercados

Los empresarios y los acreedores creen que los dólares no alcanzan para pagar la deuda y sostener la demanda. 

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El modelo económico de Javier Milei quedó atrapado en un callejón. Necesita un flujo cada vez más abultado de dólares para abastecer la demanda privada y cumplir con los vencimientos de deuda. Pero ni siquiera con un superávit comercial récord consigue cerrar las cuentas. El mercado lo sabe y por eso el riesgo país volvió a trepar fuerte este lunes. Milei acusó recibo y tuvo que negar una devaluación en su discurso en Neuquén.

La preocupación ya no se limita a los economistas críticos del programa libertario. Se instaló en las entrañas de los círculos de poder que sostienen al Gobierno. Los acreedores externos temen que no aparezcan los dólares necesarios para cobrar sus préstamos. Los grandes grupos económicos locales reclaman una recuperación de la actividad que permita sostener los negocios y preservar la competitividad electoral del modelo. Son dos demandas distintas que confluyen sobre una misma fragilidad: la disputa por las divisas.

En ese contexto fue explícito Joaquín Cottani, que integró el equipo económico de Milei y antes había sido subsecretario de Financiamiento durante la gestión de Carlos Menem y Domingo Cavallo. El economista propuso liberar el tipo de cambio hasta alcanzar una cotización única y tolerar durante algunos meses una inflación de entre el 3% y el 4%, como parte de una estrategia para reactivar la economía.

Cottani aclaró que sus diferencias son técnicas. Comparte la disciplina fiscal, la apertura económica y las reformas estructurales que impulsa el Gobierno. Sin embargo, cuestionó la política monetaria y cambiaria de Luis Caputo. En el corto plazo, sostuvo, "no dan pie con bola". Críticas muy parecidas a las que planteó el economista Alberto Ades, cuya exposición ante el gabinete causó la primer crisis visible entre Milei y Caputo.

Del lado de los acreedores, las dudas se agravaron la semana pasada cuando Caputo admitió ante inversores internacionales en Bangkok que analiza recurrir al swap con China para afrontar los compromisos de deuda.

La declaración contrastó con el entusiasmo de Milei, que días antes había elevado a 125.000 millones de dólares la supuesta bazuca financiera disponible para atravesar el año electoral.

La distancia entre el anuncio presidencial y las fuentes reales de financiamiento alimentó las dudas sobre la capacidad de pago de la Argentina.

Los dichos de Caputo también sugirieron que el Gobierno no cuenta, al menos por ahora, con una línea de libre disponibilidad del Tesoro de Estados Unidos para cancelar vencimientos, como ocurrió en las elecciones de 2025. El presidente Trump tiene sus propios problemas, con unas elecciones de medio término muy desafiantes.

El recurso de China tampoco es automático y el mercado lo sabe. La activación del swap para transformar los yenes en dólares de libre utilización exige concesiones políticas difíciles de digerir para un presidente que convirtió su alineamiento con Washington en una bandera de gestión.

La necesidad de revisar las fuentes de financiamiento se hizo más evidente cuando Caputo interrumpió las emisiones de Bonares. El programa presentado en julio contemplaba captar 5.000 millones de dólares en el mercado local mediante esos instrumentos. El aumento de tasas por encima del 10% anual en dólares, obligó a cerrar esa ventanilla.

Un informe de CIFRA, elaborado por los investigadores Pablo Manzanelli y Leandro Amoretti, expuso la magnitud del problema. Para 2027 calculó vencimientos del Gobierno y el Banco Central por 30.100 millones de dólares, frente a 7.400 millones de financiamiento identificado. A esa cuenta se suman obligaciones de las provincias por 2.400 millones y vencimientos de deuda corporativa por 8.200 millones. En conjunto, las necesidades brutas ascienden a 40.700 millones de dólares. La brecha de financiamiento estimada para el sector público nacional alcanza los 22.700 millones, un número que ratificó Marina dal Poggeto.

Pero el problema no termina en los vencimientos. CIFRA estimó que la formación de activos externos superó los 18.700 millones de dólares durante los primeros ocho meses de 2026. Son 2.340 millones mensuales que salen del circuito local para convertirse en activos externos. A esa demanda se agrega el giro de utilidades y dividendos de las empresas. Son dólares que compiten con los que necesita el Tesoro para pagar la deuda y con los que pretende acumular el Banco Central. La misma caja debe atender demasiadas ventanillas.

El informe agrega un dato que resume la fragilidad del esquema: pese a una bonanza comercial de más de 23.000 millones de dólares, se registraron salidas por 37.700 millones en los primeros ocho meses del año. La diferencia debió financiarse con endeudamiento.

La contradicción quedó expuesta este lunes con los datos del Indec. La balanza comercial registró en septiembre un superávit de 2.976 millones de dólares, con exportaciones récord por 10.036 millones e importaciones por 7.060 millones. El sector energético encabezó la expansión, mientras que las cantidades importadas cayeron 11,2% en septiembre. Ni siquiera semejante ingreso comercial resuelve la tensión financiera.

Una devaluación podría descomprimir parte de esa presión. Al encarecer el dólar, reduciría la capacidad de compra de divisas de quienes tienen ingresos en pesos y mejoraría, al menos inicialmente, los márgenes de algunos sectores exportadores. Pero también trasladaría costos a los precios internos, erosionaría los salarios y pondría en riesgo el principal activo político del Gobierno: la desaceleración inflacionaria.

Esa es la encerrona que enfrenta Milei. Corregir el tipo de cambio tiene costos inmediatos, pero sostenerlo sin recuperar actividad ni asegurar financiamiento tampoco ofrece una salida clara.

Desde la inauguración de AOL Patagonia, Milei salió a responder con dureza a quienes reclaman una corrección cambiaria. "¿Qué clase de atraso cambiario es este?", preguntó. El Presidente sostuvo que las exportaciones crecen cinco veces más rápido que el PBI, destacó el superávit fiscal, afirmó que existe superávit de cuenta corriente y aseguró que el Banco Central lleva comprados 16.000 millones de dólares en lo que va del año.

"Si eso es atraso cambiario, es el atraso cambiario más loco del mundo", ironizó. Su argumento se apoya en el dinamismo de los sectores exportadores, aunque deja sin resolver la contracción de la actividad doméstica y las necesidades de financiamiento externo.

El Presidente fue todavía más lejos y atribuyó el reclamo de devaluación a intereses financieros. "Lo que ellos quieren en realidad, pero no se animan a decir de frente, es una licuación de los salarios porque apostaron incorrectamente el dólar", afirmó. Y remató: "Están pidiendo hambrear a la gente, están pidiendo que les revienten los salarios en dólares, están pidiendo que haya más pobres y más indigentes dependiendo de políticos corruptos".

Del otro lado de la biblioteca, el debate supera la discusión entre devaluadores y defensores del atraso cambiario. "La discusión cambiaria corre el riesgo de reducirse a una falsa elección", definió un reconocido economista heterodoxo. "El problema es más profundo que mover un botón del tablero de control", completó.

Según esta lectura el ajuste contrae la actividad, la caída de la actividad debilita la recaudación y la menor recaudación obliga a profundizar el ajuste para sostener el superávit fiscal. En ese circuito, una devaluación sin cambios en los fundamentos del programa puede alimentar otra ronda de inflación y nuevas presiones cambiarias.

"La discusión de fondo es qué modelo de desarrollo puede construir la Argentina para insertarse en un escenario internacional que cambió de manera radical. Un esquema que genere dólares, pero también inversión, empleo, mercado interno y capacidad de repago. Ese debate permanece ausente de la agenda de los principales espacios políticos", apuntó este economista.

Mientras tanto, Milei se aferra al ancla cambiaria, los empresarios reclaman actividad y los acreedores quieren cobrar. Todos miran los mismos dólares, pero ninguno parece dispuesto a pagar el costo de cambiar el rumbo.

Por Luciana Glezzer

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