Mundo
El gobierno de Javier Milei, en la soledad del hiperpersonalismo
Por Marcelo Falak - La realidad detrás de la foto de diseño de Karina Milei y Patricia Bullrich. La metáfora de Vidal y la política encerrada. Los gritos de la calle, en mute.
A través de la difusión de una imagen celosamente construida y editada, Karina Milei y Patricia Bullrich posaron para fingir normalidad y contener el peligro de desmoronamiento del artefacto que hace funcionar, en los términos de la política visual, gestual y vacía, al gobierno de Javier Milei.
La secretaria general de la Presidencia, radiante, aparece de frente, protagonista, magnánima y sonriente. La jefa del bloque del Senado transmite convicción al acompañar su discurso con su puño izquierdo. Hablan, se supone que en los mejores términos, de la unidad del Gobierno.
"Reunión con Karina, trabajando siempre juntas por las transformaciones que lidera el Presidente Javier Milei", posteó la senadora rebelde llamando, con afecto, a la hermana del mandatario por su nombre de pila.
Semiología de una foto
Habrá quienes recibirán el mensaje buscado –que la interna no existe–, pero también quienes advertirán matices importantes.
El primero es que la reunión fue una impostación.
El segundo, que la guardiana del Presidente aparece inconvenientemente artificial.
El tercero, que el acting fue difundido solamente por la legisladora díscola, quien aceptó –en aras de un cese del fuego precario– aparecer esta vez en un escalón inferior y subordinado.
Por último, que Bullrich aparece de espaldas, sin identidad y sin mostrar su rostro, sus sentimientos ni sus intenciones. Borrada.
La democracia en la era del hiperpersonalismo
Con esa imagen, se supone, el conflicto queda desactivado, al menos en su dimensión pública. Sin embargo, la imagen de esas dos mujeres remite a algo más: la política limitada a una dimensión hiperpersonalista, alejada de la gente para la que, se supone, se hace.
Karina Milei y Patricia Bullrich no eligieron mostrarse en una recorrida por un barrio popular o por una fábrica. Tampoco, en una reunión más coral. Se juntaron en una oficina, a solas y con un café de por medio. Eso refuerza la pregunta por cuál es el nudo de la pelea que buscan asordinar.
¿Esa disputa tiene que ver con intereses populares o de casta? ¿Esa forma de la política merece tal nombre o es apenas un nuevo episodio de las actividades cupulares que monopolizan dede hace años la política argentina? ¿Está la gente, de alguna manera, en esa escena?
Desde afuera, podría decirse, mira la gente que, aislada entre sí, no es mirada por nadie.
Había una vez un circo
En una de sus frases más acertadas, María Eugenia Vidal suele decir que la política se ha convertido en "un circo sin gente". Que ella misma sea –con sus selectividades, apariciones, omisiones y eclipses– muchas veces parte voluntaria de esa anomalía no limita el mérito de su diagnóstico.
La foto de Bullrich y Karina Milei es más que un intento fallido de simular normalidad donde no la hay. Es una expresión profunda de dos descomposiciones.
- La de un gobierno que, como escribió Sebastián Iñurrieta en el portal Letra P, vive "encerrado en el algoritmo", pero termina por comprobar que la política existe aunque la ningunee.
- La de una política que ya no tiene contornos verdaderamente democráticos, sino hiperpersonalistas, alejados de los intereses, deseos, temores y sentimientos populares. Es el circo de Vidal.
Una democracia de audiencia
En el fondo, se trata de una demostración impresionante de la "democracia de audiencia" de la que habló el politólogo francés Bernard Manin, en la que los partidos políticos son cáscaras vacías, la competencia electoral se mediatiza –a través de la TV y, ahora, de las redes sociales–, los programas y las ideas desaparecen y los liderazgos se generan en base a una simple agregación de apoyos individuales, aislados entre sí.
La política de masas ha mutado en aislamiento y soledad. No solo en Argentina, pero especialmente en Argentina.
El marquito de la foto de Patricia Bullrich y Karina Milei
¿A quién le importa si El Jefe de la Casa Rosada y La Jefa del Senado se llevan bien o se detestan?
¿Qué las separa más que sus intereses personales? ¿Qué concepción de la política o de la economía, qué idea sobre la importancia de la construcción de consensos y cuál sobre la validez de la represión brutal?
¿Importa si el menú ultra de 2027 lo cocinarán Javier y Karina –en el orden que se prefiera– o, en cambio, Patricia?
¿A quién le interesa si esa pelea es parte de la mamushka de internas que suma a Santiago Caputo a la ecuación y que, por intereses privadísimos, no deja de erosionar al Gobierno?
Ayer nomás, Karina M. "ganó" con la foto, pero Bullrich "se impuso" al obligar al Gobierno a posponer el tratamiento en el Senado del pliego para jueza de María Verónica Michelli.
En tanto, Milei salió por primera vez a defender en público su "derecho" a retirar la postulación por el pecado de la aspirante de ser cuñada de un periodista que él, personalmente, detesta y teme, como Hugo Alconada Mon, cosa que parece haberse naturalizado. Le bastó con repostear un mensaje del exsecretario letrado de la Corte Suprema y exjuez en lo criminal de la Ciudad Ricardo Manuel Rojas.
Asimismo, la exministra de Seguridad y ahora senadora sin rostro Bullrich recibió del Presidente cierta reparación tras la aceptación del acting de subordinación a Milei Hermanos. "Masterclass", calificó la reacción de la legisladora a la marcha por Ni una menos, que mezcló la apropiación de la reducción –por demás muy discreta y provisoria– de los femicidios conseguidos por políticas provinciales con barbaridades como la alusión a un supuesto "partido feminista".
Todo el poder a los lobbies
En una política hiperpersonalista y concebida como la construcción de poder a espaldas de la gente –un cratos sin demos–, lo que se expresa son intereses de cúpula. Personales, desde ya, y más profundamente los de lobbies con una capacidad de incidencia desproporcionada respecto de la voluntad popular.
La hora del voto debe ser valorada, pero la democracia –al menos tal como se la entendía hasta el momento no tan reciente, pero vago en el que se desnaturalizó– no se limita a esa ceremonia. También –acaso fundamentalmente– está hecha de opinión pública, reclamos, manifestaciones, huelgas… Sin embargo, en la democracia sin pueblo que deslumbra a magnates que quieren convertir la Argentina en un laboratorio de monstruosidades nada de eso encuentra incidencia.
Cientos de miles de personas pueden reunirse en diversas ciudades del país una, dos, tres o cuatro veces para defender la universidad pública, pero nadie escucha su reclamo.
Jubilados pueden juntarse cada miércoles en torno al Congreso, aunque saben que solo será para ser molidos a palos y gaseados por agentes de policía sin padres ni abuelos.
Este miércoles, una impresionante multitud de mujeres y también de hombres sensibilizados por la violencia de género de cada día y por el reciente femicidio de la niña Agostina Vera demandó la reactivación de políticas públicas imprescindibles y la elaboración de narrativas que deploren esa locura en lugar de relativizarla o incluso legitimarla, pero no logra influir.
La ficción de la grieta
En la política hiperpersonalista, hecha de alianzas y de rupturas que se fraguan en minúsculas mesas de café, el recurso a la grieta no es más que la fabricación de una ficción generalizante y, por ende, pretendidamente legitimadora de cuestiones que sobrevuelan muy por encima de ella. En esa órbita alta, circulan los negocios grandes, las desgravaciones impositivas decididas a dedo, la reforma laboral redactada en estudios jurídicos que atienden a grandes empresas, los beneficiarios vitalicios del RIGI y del Súper-RIGI, los vivillos y los adornis…
En el fondo, la grieta paraliza a la sociedad, pero, ante ciertas situaciones de fondo, es asumida ampliamente como una ficción: si la gente comprara de verdad la agonía de la "batalla cultural", el cuco del "socialismo asesino" y el "riesgo kuka", a esta altura se estaría matando en las calles.
Afortunadamente eso no ocurre, pero ¿qué le queda por creer?
La oposición, el pueblo y las mesas de café
Es ley que el poder supone cierta verticalidad, cosa que la extrema derecha gobernante organizada en torno al Soviet Supremo de Karina Milei lleva al paroxismo. Su desafío ahora es encontrar el modo en que la rebelde con causa –propia– Bullrich no se lleve consigo un pedazo del bloque del Senado y, acaso, alguna traición en el gabinete.
La oposición, por su lado, debería apostar a una forma política más parecida a la democracia extraviada, atenta a los reclamos, necesidades y sensibilidades de la base y menos dada a las mesas de café.
Sin embargo, la mutación de la política no perdona ni a quienes deberían apelar a otras lógicas.
Fatalmente carente de brújula, el gobernador de La Rioja, Ricardo Quintela, intentó subirse a la nueva revolución de Carolina Serrano proponiendo públicamente una alianza con el peronismo.
Eso no difiere demasiado de lo que plantean referentes –decir "dirigentes" sería un pecado de grandilocuencia– como Guillermo Moreno y otros que encuentran algo interesante en Victoria Villarruel.
Si será circo, por lo menos que tenga público.
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