Política
Lo que el posteo de Samuel L. Jackson no deja ver sobre el racismo criollo
Entre la condena exprés formulada desde Hollywood para el algoritmo global y la autocomplacencia patriotera que busca refugio en nuestras banderas históricas, la polémica desatada por el actor estadounidense vuelve a obturar el debate de fondo. Por qué la crítica importada y la respuesta criolla se alimentan de la misma superficialidad, y de qué manera esta trampa nos impide abordar la densidad y las deudas reales del racismo en nuestro propio territorio.
Un meme con el rostro de Stephen —el esclavo servil de Django Unchained— vistiendo la camiseta argentina bastó para desatar una nueva tormenta digital. Reposteado por Samuel L. Jackson tras la final del Mundial, el mensaje interpelaba a la comunidad negra global a no alentar a la Selección y sentenciaba que “Argentina ha sido históricamente uno de los países más racistas del mundo”. La reacción local no tardó en llegar con indignaciones patrioteras y respuestas bienintencionadas que apelaron a la calidez del pueblo, a la salud y educación pública o al historial de banderas sociales de nuestro país para desmentir el juicio. El debate público quedó atrapado una vez más en una trampa binaria de consumo rápido donde la mirada hegemónica estadounidense exporta su propio esquema de segregación para aplicarlo de forma mecánica a realidades ajenas, mientras que la respuesta interna busca refugio en las virtudes colectivas para dar por saldada una discusión compleja.
Cuando la crítica internacional se reduce a la estética del algoritmo y a la búsqueda de interacciones, la contestación criolla cae fácilmente en la tentación del consuelo patriótico. Se apela a un inventario de glorias pasadas, conquistas de derechos y tradiciones populares para argumentar que la acusación externa carece de sustento, transformando un señalamiento simplista en una oportunidad para la autoafirmación. Sin embargo, apilar virtudes o señalar las hipocresías del Norte global funciona como un escudo que desplaza el foco de atención real. Resulta sumamente cómodo objetar la ligereza con la que se juzga al país desde afuera para evitar revisar los mecanismos silenciosos que operan puertas adentro en la perpetuación de la marginalidad y en la negación de las corporalidades no blancas en nuestro propio suelo.
El problema central de estos cruces en el espacio digital radica en que ambas posturas se alimentan de la superficialidad. Mientras la industria del contenido en redes empaqueta la historia de los pueblos para generar rendimiento y reproducciones, la respuesta local tiende a confundir la integración social o la hospitalidad con la ausencia de racismo. La lista de méritos sociales y la generosidad de nuestras instituciones no anulan la existencia de una matriz criolla que opera de forma cotidiana mediante la estigmatización del sujeto popular, la extranjerización sistemática del componente afrodesccendiente e indígena y la naturalización de la violencia institucional en los barrios periféricos. Señalar la mala fe o el desconocimiento de quien nos juzga a través de una pantalla no vuelve a nuestra estructura social inmune ni inocente.
Intervenir en esta polémica exige rechazar tanto la condena de trazo grueso promovida por la cultura del espectáculo como la tibieza de la defensa propia que busca tranquilidad en el espejo de las causas nobles. Superar el racismo criollo requiere dejar de reaccionar ante los estímulos de la agenda internacional para construir un diagnóstico profundo que no le tema a la incomodidad. La discusión pendiente sobre la composición de nuestra identidad y las deudas históricas con las comunidades afrodiaspóricas e indígenas no se resuelve demostrando que en otros lugares el prejuicio es más feroz ni enumerando lo hospitalarios que podemos ser. Se resuelve cuando aceptamos que las contradicciones de nuestra historia no se borran con un listado de virtudes ni con la ilusión de una sociedad libre de fisuras.
Por Federico Pita para Página/12
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