Opinión
Un millón de personas mueren en choques cada año, pero nadie les teme a los autos
Por Valentin Muro - Las estadísticas casi siempre difieren de las creencias sobre qué nos puede lastimar. El miedo no sabe de probabilidades.
Cada año mueren más de un millón de personas en una de las actividades más riesgosas conocidas por nuestra especie. Aun así, hacemos a un lado la evidencia, ignoramos los pronósticos y desafiamos cualquier cálculo estadístico en pos de nuestras necesidades y comodidades. Nos reímos del peligro y nos subimos a un auto.
En Estados Unidos se calcula que la probabilidad de morir en un incidente de tránsito a lo largo de la vida es de 1 en 95. En Europa, que cuenta con rutas más seguras, este riesgo se sitúa cerca de 1 en 150. Mientras tanto, en gran parte de América Latina la probabilidad se ubica entre 1 a 2 de cada 100 personas. Pero aunque una probabilidad vitalicia cercana al 1% es altísima, rara vez recibe el nivel de preocupación que amerita.
Nuestra percepción del riesgo suele estar descalibrada. Aunque mueren más personas por año por ahogamientos accidentales o caídas domésticas que por terrorismo, los titulares suelen enfatizar este último, cuyo promedio histórico sigue siendo extraordinariamente bajo en comparación con otros riesgos cotidianos mucho menos mediatizados. Nunca vimos a un presidente dirigirse al país para advertir sobre la amenaza existencial de las bañeras. Y, sin embargo, esto tiene consecuencias en las políticas públicas, la asignación de recursos y la seguridad civil.
Maximizar el beneficio
La explicación no guarda demasiado misterio. Nuestro cerebro evolucionó moldeado por la vida en pequeñas comunidades de no más de cien personas en las que la evaluación de un riesgo — como el ataque de un depredador o la presencia de otra comunidad hostil — podía ser vital para la supervivencia. La forma en que organizamos nuestras humanas vidas cambia mucho más rápido de lo que puede cambiar nuestra biología y nuestro aparato cognitivo. Los problemas aparecen cuando, sin darnos cuenta, aplicamos ciertos “atajos” mentales (o sesgos) para lidiar con el volumen de información que supone habitar un planeta con 8 mil millones de habitantes en gran medida conectados en tiempo real.
Puede ser tentador apuntar a los límites de nuestra cognición como un defecto, pero operar con recursos mentales finitos es precisamente lo que hace eficiente a la inteligencia humana. Operamos bajo las reglas de una “racionalidad limitada” (o “racionalidad de recursos”), en tanto ningún organismo puede procesar exhaustivamente cada variable de su entorno.
De este modo, el objetivo del cerebro no es tomar decisiones estadísticamente perfectas, sino maximizar el beneficio mientras minimiza el enorme costo computacional (de tiempo y energía mental) necesario para llegar a una conclusión.
La energía de una lamparita
Los atajos que toma nuestra mente nos llevan a sobreestimar eventos extremos — como el riesgo de que nos ataque un tiburón o las chances de ganar la lotería — y operan como aproximaciones mentales optimizadas (quizá equivocadamente) hacia nuestra supervivencia, incluso si no hacen un buen trabajo al respecto. La selección natural nos moldeó cognitivamente para ahorrarnos el tedio de calcular cada probabilidad y en favor de reacciones rápidas ante amenazas inmediatas, con el objetivo final de reducir la posibilidad de lastimarnos.
Aunque, en comparación con lo que calculan ciertas máquinas, podría parecernos que nuestro cerebro deja mucho que desear. Conviene tener presente que el cerebro humano funciona con la energía equivalente a la de una lamparita y evalúa apenas unos pocos escenarios posibles por segundo, mientras que ciertos sistemas de inteligencia artificial procesan cantidades masivas de datos y requieren de la electricidad de un edificio para superarnos únicamente en tareas específicas. Y aun así, sus resultados no son demasiado superiores. El rasgo distintivo de la inteligencia humana es precisamente la capacidad para “hacer más con menos”: nuestras limitaciones nos obligan a apoyarnos en atajos y abstracciones que permiten tomar decisiones sin necesidad de procesar exhaustivamente los datos disponibles.
Estos mecanismos cognitivos son los que explican nuestra tolerancia frente a significativos peligros cotidianos en contraposición a la preocupación que nos provocan ciertas amenazas estadísticamente irrelevantes. Una explicación para la tolerancia al riesgo cuando nos subimos a un auto es cierta ilusión de control: la confianza en la propia capacidad de manejo es suficiente para convencernos de ignorar cualquier estadística. Pero cuando la amenaza se presenta desde afuera de manera impredecible, como un ataque terrorista o una fuga radiactiva, la percepción de riesgo aumenta significativamente. En otras palabras, la percepción de falta de control nos aterra y opaca cualquier evaluación objetiva de riesgos y probabilidades.
La probabilidad de un riesgo
En los años 70, los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky describieron este fenómeno al formular la heurística de disponibilidad. Según su teoría, las personas evalúan la probabilidad de un riesgo en función de la facilidad con la que pueden recordar ejemplos vívidos del mismo. Por ejemplo, solemos asumir que hay más homicidios que suicidios (en ambos casos con armas de fuego) en gran parte porque los asesinatos tienen mayor cobertura mediática, incluso cuando las estadísticas indican que los suicidios ocurren con mayor frecuencia.
La mayor publicación de artículos sobre asesinatos por sobre los suicidios (que las guías periodísticas del mundo recomiendan no cubrir para prevenir su efecto de contagio), favorece la percepción de unos sobre los otros: se entiende que es más atractivo para una audiencia la discusión de una alerta de peligro inmediato que genera una reacción masiva antes que la explicación de probabilidades estadísticas complejas.
Esto también facilita ciertas dinámicas en la política: el miedo es un gran mecanismo de presión, hábilmente capitalizable en favor del avance de cualquier agenda. Así se exageran las amenazas a la seguridad nacional como estrategia política para evitar críticas, consolidar influencia o justificar conflictos bélicos. Esta dinámica fomenta lo que algunos autores llaman un “segurismo demagógico”, una perspectiva que se apoya en el temor constante hacia la supuesta amenaza del mundo exterior.
Los aumentos en presupuestos de defensa, las restricciones fronterizas o las medidas de seguridad excepcionales dejan de ser meras propuestas discutibles y pasan a ser decisiones indispensables — si no indiscutibles — porque lo que está en juego es la supervivencia de una nación.
El miedo actúa
Este escenario de distorsión perceptiva nos lleva a la paradoja de los riesgos sustitutos: al enfocarnos en amenazas altamente mediatizadas, tomamos decisiones impulsivas que nos exponen a peligros estadísticamente mayores. Como explica Cass Sunstein, en el año posterior a los atentados del 11 de septiembre, el temor a volar llevó a que muchos estadounidenses usaran más el auto para recorrer largas distancias, con la consecuencia evitable de 1.500 muertes adicionales en incidentes de tránsito.
Algo similar ocurrió luego del desastre de Fukushima en Japón, cuando el temor a la radiación precipitó una evacuación que terminó causando la muerte de más de 1.600 personas mayores debido a complicaciones derivadas del traslado y el estrés. Décadas de estudios — incluyendo el seguimiento epidemiológico a sobrevivientes de Hiroshima — indican que la exposición a niveles bajos de radiación no produce alteraciones comprobables en la salud pública.
Aun así, el miedo persiste: en algunos países europeos, la presión política y social llevó a clausurar preventivamente plantas nucleares para reemplazarlas por centrales de carbón, una decisión que aumentó la contaminación por partículas en el aire y supuso un riesgo sanitario mucho mejor documentado que el que buscaban evitar. Parte de la reticencia contemporánea a defender la energía nuclear como una de nuestras opciones más viables para reducir las emisiones de carbono también puede entenderse bajo esta lógica.
Por supuesto, existen riesgos existenciales auténticos que merecen atención. La crisis climática y la proliferación de arsenales nucleares son problemas concretos y documentados que exigen mitigación constante y un esfuerzo sostenido por parte de las instituciones. La aparente tentación de algunos líderes globales por jugar a la guerra sin medir las consecuencias no es una mera exageración de nuestros primitivos cerebros.
Ansiedad de colapso
Si nuestros atajos mentales responden a los límites de nuestra atención, con más razón conviene detenernos en qué invertimos este limitado presupuesto mental. Más allá del inagotable debate acerca de nuestro uso de redes sociales, cuando el discurso público se centra exclusivamente en la “ansiedad de colapso” — la creencia de que se nos viene el fin del mundo por la inteligencia artificial, el terrorismo o los inmigrantes — el sentimiento de fatalismo puede llevarnos a perder el rumbo frente a la urgencia y el pragmatismo que necesitamos para resolver crisis estructurales que efectivamente amenazan nuestra supervivencia.
No hay ningún conjunto de 1.500 palabras que logre calibrar nuestra percepción del peligro. Ante cualquier distracción, el cerebro se va a apoyar en los atajos que tenga a mano. Pero cuando nuestra frágil atención lo permita, conviene darle una chance al análisis racional y priorizar soluciones basadas en evidencia y estadística, antes que ceder frente a las herramientas de manipulación política.
Por si las dudas, también podemos jugar a la quiniela.
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