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El fracaso de Trump en Irán profundiza la crisis de la extrema derecha en la región

Por Marcelo Falak - "Excursión" fallida y pronóstico de Pato Rengo para el garante de Javier Milei y otros ultras del continente, que además se disparan solos en los pies.

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La salida sin honra de Donald Trump del entuerto que se generó a sí mismo en Irán podría dar paso a un momento de bajamar para la ola de extrema derecha que arrasó a buena parte de Occidente en la pospandemia.

El presidente de Estados Unidos e impulsor de las derechas hemisféricas, desde la bolsonarista hasta la de Javier Milei, salió magullado de esa guerra, en la que había prometido músculo militar irresistible, brevedad, caída de la teocracia persa, desmantelamiento de las capacidades militares del enemigo y, sobre todo, desactivación del programa nuclear.

Salvo lo último, que es lo más importante pero resulta una verdadera martingala, nada de lo demás forma parte de su haber, al punto que el Memorándum de Entendimiento de Islamabad (MoU, según su sigla en inglés) generó un escándalo en la política doméstica, de modo interesante en especial en el Partido Republicano.
Sus penurias se convertirían en algo más si lo ocurrido –y lo que aún puede ocurrir en esta saga– derivaran en una derrota en las elecciones del 3 de noviembre: si el Partido Demócrata pasara a controlar las dos cámaras del Congreso –una posibilidad para nada desdeñable– y sin chances constitucionales de reelección, se convertiría en un pato rengo nada menos que dos años antes de abandonar el poder.
En ese escenario, el garante de la extrema derecha que gobierna la Argentina podría tener que concentrarse en urgencias mayores, como su propia subsistencia política.

¿Cuarto menguante también en la región?
Si a eso se suman los tropiezos del bolsonarismo de Brasil –papá Jair preso por golpista, el hijo menor Eduardo condenado por coacción al Poder Judicial y refugiado en Washington y el candidato presidencial Flávio en caída libre en las encuestas por un escándalo de presunta financiación ilegal de su campaña–, la idea de una bajamar de la ola ultra toma forma.

Keiko Fujimori espera superar las impugnaciones del escrutinio definitivo y este domingo Colombia elegirá entre el ultra desaforado Abelardo de la Espriella y el petrista Iván Cepeda.

El año próximo, Milei irá por la aventura de su reelección, para la que por ahora luce competitivo aunque esté urgido de soltar el lastre inútil de Manuel Adorni, superar los incesantes escándalos de corrupción en su entorno, gestionar mejor una interna destructiva y hacer algo con las penurias del día a día en una economía que luce mejor cuanto más de lejos se la observa.

¿Qué sería de todos esos peones –y de otros en la región– sin el poder, la influencia, el financiamiento y la inspiración de Estados Unidos y Brasil?

Donald Trump, el entorno y los adulones
Movido por el susurro insidioso de Benjamín Netanyahu, envalentonado por la agresión impune a la soberanía de Venezuela, encerrado en su mundo de redes sociales y rodeado por un elenco que, más que un gabinete de gente solvente, es un conjunto de adulones, Trump se lanzó a la guerra contra Irán. Es curioso como la extrema derecha repite ciertos patrones en todos lados.

No reparó en que sus antecesores Barack Obama y Joe Biden no optaron por el expediente bélico para resolver el peligro que supone el plan nuclear de la teocracia no por demócratas, timoratos o "zurdos", sino por haber ponderado mejor los peligros. Es más, el primero de ellos firmó con Irán un pacto que imponía controles internacionales a ese proyecto sensible, pero Trump lo consideró "un desastre total" y lo revocó al volver al poder.

Bastó con que la República Islámica resistiera el embate de los bombardeos y la decapitación de su régimen –empezando por el líder supremo, Alí Jameneí, y siguiendo por muchos otros jerarcas políticos y militares–, y que pusiera en marcha un plan largamente urdido al bloquear el tráfico petrolero por el estrecho de Ormuz para que a Trump se le quemaran los papeles.

Con el paso por el que transita el 20% del petróleo mundial obturado, el republicano se desesperó, pidió ayuda a los países europeos de la OTAN, a China, a Corea del Sur y al mismísimo Plutón, pero todas esas partes le dijeron que saliera solo del desastre que había creado. Trump había sembrado vientos con palabras ofensivas y con aranceles insólitos.

Con este, un presidente aislacionista en su primer mandato y uno crudamente imperial aunque sin los instrumentos suficientemente en el segundo, Estados Unidos jamás estuvo tan aislado.

China observa, espera y gana
La guerra en el Golfo fue un error tan garrafal que, con ella, Trump borró todo lo escrito en su Estrategia de Seguridad Nacional, su grandilocuente "doctrina Donroe".

Si esta decía que Estados Unidos se replegaría de los grandes escenarios globales de conflicto para hacerse fuerte en su hegemonía imperial sobre América Latina, de modo de evitar el acceso de China a los recursos estratégicos que la región posee en abundancia, la aventura iraní significó todo lo contrario.

Milenariamente paciente, China no se desesperó por el daño de una cotización internacional del petróleo que llegó a saltar de los 73 dólares previos al ataque del 28 de febrero a unos 120. El régimen iraní, su aliado regional y miembro del grupo BRICS, superó el desafío.

Furia en el Círculo Rojo
Así lo demuestra un análisis somero del memorándum de 14 puntos alcanzado por mediación de Pakistán. El Círculo Rojo estadounidense está escandalizado por lo que se considera ampliamente una derrota diplomática, producto de un error de cálculo y de la urgencia que supone la proximidad de las midterms.

El senador republicano por Lousiana Bill Cassidy fue el más gráfico dentro de un abrumador fuego amigo. "Este es el peor error de política exterior en décadas", dijo, indignado.

La estrategia de "vamos viendo"
El MoU prolonga por 60 días el cese del fuego, período durante el cual se desarrollarán negociaciones sobre los temas más sensibles, en especial el futuro del plan atómico persa.

El estrecho de Ormuz se reabrirá al tráfico petrolero, Estados Unidos levantará su bloqueo y alejará sus fuerzas militares, en tanto Irán y Omán –los países ribereños– negociarán un estatuto final para esa vía navegable. ¿Washington aceptaría que, a diferencia de lo que ocurría antes de la guerra, Teherán empezara a cobrar peajes?

La idea de ponerle fin a la amenaza de los misiles y drones de Irán a Israel, las monarquías del Golfo, la infraestructura petrolera de la región y las bases estadounidenses apostadas allí derivó en algo bien diferente.

"Me dije: '¿qué voy a hacer? ¿Voy a permitir que Arabia Saudita tenga misiles, pero que Irán no pueden tenerlos?'. Y me respondí: 'Eso no funciona así. Los misiles no son el problema porque dañan una pequeña ubicación, pero no hacen explotar el planeta'", definió, con rara lógica, el jefe de la Casa Blanca.

Siga, siga.

Irán, un enigma nuclear
Por si lo anterior contuviera pocas concesiones, luego viene una serie de endulzantes. Permisos para que Irán reanude exportaciones de petróleo, lo que le daría al menos 60.000 millones de dólares en un año, y, conforme las negociaciones de fondo arriben a buen puerto, el levantamiento de todas las sanciones, la restitución de los 100.000 millones de dólares en activos congelados y hasta acceso a un fondo de reconstrucción y desarrollo de "al menos 300.000 millones de dólares" aportados por Estados Unidos y los vecinos árabes del Golfo.

Según los críticos de Trump, eso sería una montaña de dinero para que la teocracia aliviara sus dramas económicos, repusiera velozmente sus stocks de misiles y drones, y recrease su programa nuclear.

Sobre esto último, el MoU establece negociaciones y un compromiso de Irán de "no adquirir ni desarrollar armas nucleares". Nada que no constara en el acuerdo roto de 2015.

Vale recordar que tras la llamada "Guerra de los Doce Días" de junio del año pasado, en la que Estados Unidos e Israel ya habían atacado las centrales iraníes, el magnate inmobiliario había dicho que esas estructuras habían sido "completamente destruidas". Parece que no fue así.

En medio de tantas concesiones que hacen imposible validar su retórica de triunfo, tal vez lo más concreto que haya sacado Trump sea el compromiso persa de aceptar la "dilución in situ" de los 440 kilos de uranio enriquecido al 60% que almacena en locaciones desconocidas.

"In situ" significa que el material no saldrá del país, como pretendía Estados Unidos, y la dilución, que se reducirá su nivel de enriquecimiento para alejarlo del umbral crítico –y cercano– del 90% necesario para construir un arma nuclear.

¿Fin?

Donald Trump y Netanyahu, una ruptura impensada
El cese del fuego debe regir en todos los frentes, incluido el Líbano, cuya integridad territorial y soberanía deberán ser respetados.

Esto tiene un problema: Estados Unidos garantiza el cumplimiento de esa y otras obligaciones, pero que eso ocurra depende de Israel, cuyo gobierno –otro de extrema derecha– ya dijo que no se atará al texto, que no dejará de atacar a la milicia chiita Hizbulá, que no retirará a sus tropas de la "franja de seguridad" del sur de ese país y que no permitirá el regreso de los libaneses refugiados a sus hogares.

El fin del respaldo iraní a sus proxies regionales (Hizbulá, Hamás, los hutíes de Yemen) era una de los objetivos primordiales de la ofensiva, pero eso quedó desdibujado en el texto.

Aun ante lo que Israel siente como una traición, Trump zamarreó a Netanyahu, a quien trató de "buen hombre que a veces se emociona un poco" y de "socio chico". "Le digo, '¿podés tener un poco más de tacto, Bibi? No tenés que derribar un edificio cada vez que alguien que es de Hizbolá entra en él’", le pidió.

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