Política
¿A qué vino Peter Thiel a la Argentina?
Palantir imagina un mundo basado en el poder de la IA porque la controla. Ilusión de liquidar a la política.
Mientras Peter Thiel vivía en Argentina, entre abril y junio de este año, el gobierno de La Libertad Avanza envió al Congreso una reforma de la Ley de Sociedades para incorporar la figura de las “sociedades no humanas”, operadas exclusivamente por algoritmos, y los diputados dieron media sanción al Súper RIGI, que brinda beneficios fiscales y garantías en tribunales extranjeros durante las próximas tres décadas para inversiones en Inteligencia Artificial. Sin embargo, la visita del magnate germano-estadounidense, cofundador de PayPal, junto a Elon Musk, y creador de Palantir Technologies en colaboración con la CIA, involucra algo más que esta ofrenda jurídica.
Los movimientos de Thiel se encuadran en la reconfiguración del imperialismo estadounidense, que sueña con restablecer su dominio del mundo a través del desarrollo estratégico de IA. En este tablero geopolítico, Argentina ocupa una posición peculiar que excede al cipayismo mileísta.
Para entenderlo hay que acercarse a Palantir, la corporación de Thiel que opera entre Silicon Valley y el complejo militar-industrial. Sus plataformas se utilizan tanto en la seguridad interior —por ejemplo, para identificar a los inmigrantes que detiene el ICE trumpista— como en el campo de batalla.
Palantir publicó un manifiesto en el que declara que Silicon Valley está en deuda con la nación que hizo posible su ascenso y que la era atómica ha llegado a su fin. Para la empresa de Thiel, el poder de disuasión en este siglo, de decidir dónde se hace la guerra y dónde se hace la paz, recaerá en el software y en las armas de inteligencia artificial.
El departamento de Estado norteamericano concuerda con esta visión. Como resultado, la industria de la IA se vuelve crítica y se desata una lucha global para garantizar las cadenas de suministros. Argentina posee tierras frías, agua, minerales y recursos energéticos, un cóctel indispensable para el abastecimiento de los centros de datos que alimentan la capacidad de cómputo de la IA.
Qué tiene Argentina para Peter Thiel
Después de su estadía en nuestro país, Thiel invirtió U$S 76 millones en Vista Energy, la petrolera de Miguel Galuccio que opera en Vaca Muerta. Esta inversión confirma a qué vino a tierras argentinas.
El territorio nacional se ha vuelto objeto de apropiación para la industria de la IA. Milei subordina a la Argentina a los designios de Silicon Valley y la hace partícipe de una doble carrera que Estados Unidos imagina librar contra China.
Por un lado, la lucha monopolista entre las corporaciones por poseer la IA que consiga incrustarse en la mayor cantidad de actividades económicas. Por el otro, la escalada armamentística que justifica la expansión belicista de la IA.
El Súper RIGI enclava esta carrera en Argentina y condena su futuro a la especialidad de la periferia: la economía extractiva y la exportación de materias primas situadas en el extremo inferior de la cadena de valor.
Pero el comportamiento de Thiel demuestra que algo está cambiando en las formas del imperialismo. El control de los espacios digitales se superpone con la lucha por el reparto de los espacios soberanos de los Estados y los recursos de los territorios. En este punto sirve leer al propio Thiel. La educación de un libertario —un artículo escrito en 2009— se ha hecho famoso por la tesis de que la libertad y la democracia ya no son compatibles. Habría que prestar algo más de atención, sin embargo, al plan de acción que allí se define: “La gran tarea del libertarismo es encontrar una vía de escape de la política”.
Y sigue: “Como en realidad no queda lugar libre en nuestro mundo, sospecho que el modo de escapar debe implicar algún tipo de proceso nuevo y no intentado hasta ahora que nos lleve a algún país no descubierto y, por esta razón, he centrado mis esfuerzos en las nuevas tecnologías que puedan crear un nuevo espacio de libertad”.
El magnate señala en ese mismo texto que ideó Paypal para abolir la soberanía monetaria y que Facebook crea “comunidades no ligadas a estados-nación históricos”. Si el espacio digital tiende a sustraerse de la soberanía estatal, entonces no está claro quién conduce a quién en esta reconfiguración del imperialismo estadounidense. En Internet, dice Thiel, un empresario puede crear mundos nuevos con la esperanza de que “impacten y obliguen al cambio del orden social y político existente”.
Juan Grabois argumentó que el manifiesto de Palantir reivindica la política, pero se equivoca. Palantir imagina un mundo basado en el poder de la IA porque la controla. Y este control sostiene la ilusión de Thiel de liquidar a la política.
Más allá de las declaraciones, el proyecto de poder que se cifra en los espacios digitales interviene en las distintas regiones de la vida social y cultural.
La plataformización de la vida social
La carrera actual por la IA sería inimaginable sin la plataformización preexistente que incorporó a la mayoría de la población mundial a estos espacios y aumentó exponencialmente los datos disponibles para entrenar a los modelos algorítmicos.
La plataformización se tradujo en el éxito de un puñado de empresas monopolistas que protagonizaron una acumulación de capital sin precedentes: Google, Meta, Amazon, Microsoft; Mercado Libre en Argentina. Las infraestructuras de datos, la maquinaria computacional y las plataformas que les pertenecen eluden la soberanía estatal y disputan la eficacia de la política democrática como la ordenadora de las relaciones sociales y económicas. Esto vale aún más para la Argentina, una nación periférica y dependiente.
A diferencia de los otros sectores que comandan este momento histórico —la energía y las finanzas—, el capital informático dispone del poder de articularse, por el uso masivo de las plataformas y de la IA, con mutaciones culturales y epistemológicas de más vasto alcance.
Las luchas políticas de este siglo deben disputar los modelos de negocios y la normatividad que emana del funcionamiento técnico-ideológico de estos “nuevos mundos”.
Para dar la pelea, habrá que unir los frentes de batalla: la regulación de las plataformas con la defensa de los recursos del territorio; la redistribución de la riqueza que acaparan los monopolios informáticos con una educación digital integral. La política democrática debe asumir el gobierno de los espacios digitales. Los enemigos, por lo menos, están al alcance de la vista.
Por: Mariano Caputo para Tiempo Argentino
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