Economía
El “game over” cada vez más cerca
El deterioro de los indicadores financieros, productivos y sociales pone bajo presión al modelo económico de Javier Milei, mientras el aumento del riesgo país, el endeudamiento y la caída de la actividad vuelven a encender las alertas sobre su sostenibilidad.
En economía se puede hacer cualquier cosa, menos desentenderse de las consecuencias de las políticas. Durante 2024, e incluso avanzado 2025, se escuchó a muchos economistas ponderar las medidas de ajuste del gobierno de Javier Milei. El gobierno del Frente de Todos no había terminado bien y, ya desde 2021, existía un consenso generalizado en la profesión sobre la necesidad de un plan de estabilización. No demanda mucha explicación que, cuando el PIB se frena, existe un problema de déficit de cuenta corriente y la inflación se dispara, algo hay que hacer con la macroeconomía. Y lo que era cierto para 2021 lo era mucho más a fines de 2023, sobre todo después del empujón incendiario sobre los números provocado por Milei, primero candidato victorioso y luego presidente electo: el peso como excremento y la inminente dolarización.
Fue precisamente esta insatisfacción con el crecimiento y la inflación el componente económico que facilitó la llegada del gobierno ultramontano. El mandato popular era atacar estos dos frentes y se le dio carta blanca al ajuste. El grueso de la ortodoxia pareció entrar en estado de éxtasis. Sus representantes repetían y escribían que se estaba llevando adelante “un ajuste con consenso social”, es decir, un ajuste con la aquiescencia de los ajustados. Las voces críticas no negaban la necesidad del ajuste, pero diferenciaban un plan de estabilización bien diseñado, equitativo y con políticas de ingresos, con objetivos claros a mediano plazo, del mero ideologismo de la destrucción del Estado.
El plan Milei-Caputo y el rol del Estado
El plan de Milei-Caputo fue y es el viejo sueño húmedo de las clases dominantes locales: la destrucción de las funciones del Estado nacional para reducir la carga impositiva. El plan se está logrando hasta el punto de profundizar las políticas noventistas, bajadas desde los organismos multilaterales, de transferir funciones básicas a las provincias. Un ejemplo es lo que ya comenzó a suceder con la infraestructura vial. Provincias urgidas por el deterioro de sus rutas nacionales que, por desesperación, asumen la responsabilidad de repararlas, aun sin que les traspasen los fondos recaudados al efecto vía impuesto a los combustibles.
Se trata del federalismo peor entendido, el de la atomización y la fragmentación, cuya expresión más reciente fue el apoyo de provincias del norte a la eliminación de los subsidios al gas en las zonas frías: la desunión nacional alentada desde el propio Estado. El objetivo es siempre el mismo: debilitar progresivamente el poder de negociación, intervención y formulación de políticas del Estado nacional, tarea que también se emprende vía cambios en la regulación, como los plasmados recientemente para la Carta Orgánica del Banco Central.
No obstante, fue este extremismo anti-Estado el que le permitió a Javier Milei, desde un profundo primitivismo conceptual, ganar celebridad en el establishment financiero internacional, que alabó sus políticas hasta hace cinco minutos. Vale recordar que lo mismo sucedió con el macrismo desde su asunción hasta comienzos de 2018, cuando se advirtió que ya no había recursos para hacer frente a los pagos de deuda. El consignismo ortodoxo siempre da buenos resultados en el clima de los mercados. La luna de miel suele extenderse hasta el momento fatídico de enfrentarse con el pago de cuentas.
El riesgo país y el cambio de clima financiero
En esta dirección, el reciente viaje presidencial a Nueva York marcó un punto de inflexión. Si hablamos de mercados financieros, el indicador siempre está a la vista: es el riesgo país, que volvió a superar los 600 puntos.
Para explicar el cambio de clima, los analistas del mercado hablan de restricciones financieras a partir de la suba de tasas de la Fed y de una mayor inestabilidad global. La situación del mercado internacional siempre importa; no se puede ser provinciano, en particular frente a los inmensos vencimientos de deuda en lo que queda del mandato libertario y el imperativo de refinanciarlos total o parcialmente. Pero lo cierto es que el riesgo país no aumenta en todo el mundo, sino en un país en particular, el nuestro, por lo que la lógica indica mirar fronteras adentro. Los propios análisis recientes sobre la suba del riesgo argentino señalan, junto con el contexto externo, problemas locales vinculados con reservas, tipo de cambio y financiamiento del Tesoro.
El primer dato es que la administración libertaria fue una máquina de tomar deuda en divisas, del FMI y directamente del gobierno estadounidense. El efecto macroeconómico es que, mientras se toma deuda, se tiene una falsa sensación de normalidad que dura hasta que comienza el momento de las amortizaciones. Los especialistas en finanzas insisten en que endeudarse siempre es bueno porque “las deudas se refinancian”, una afirmación que puede ser cierta para países normales, pero no necesariamente para economías altamente endeudadas que además suman la inestabilidad política, es decir, la posibilidad cierta de que el Presidente no sea reelegido, más un PIB estancado o en retroceso.
Los acreedores saben que los dólares de las exportaciones pertenecen a los exportadores; por eso, lo que monitorean es cómo el Estado se hace de esos dólares y qué capacidad tiene de mantenerlos en su poder. Hablando claro: miran el flujo de compra de reservas internacionales y los flujos de salida de capitales, lo que incluye las compras de dólares que hacen los particulares. La preocupación que muchos representantes de las finanzas globales, como lo sintetizan las declaraciones de Gita Gopinath, por el precio del dólar no se vincula con el efecto destructivo de la sobrevaluación sobre sectores productivos, sino con que se están regalando dólares que deberían guardarse para pagar deuda.
El segundo dato, vinculado con la inestabilidad política, es el agotamiento del modelo libertario, que se expresa en la caída en las encuestas de la imagen de Javier Milei. El gobierno y sus voceros insisten en la idea de la presunta baja de la inflación, cuando el indicador sigue por encima del 30 por ciento anual (33,5 interanual en agosto). Destacan el crecimiento de la economía, cuando los números comienzan a mostrar una posibilidad cierta de contracción de la actividad: el PIB cayó 0,6 puntos en términos desestacionalizados en el segundo trimestre respecto del primero y el EMAE de julio cayó 2,9 mensual. Hablan de creación de empleo, cuando la desocupación alcanzó el 7,9 por ciento en el segundo trimestre y el empleo asalariado formal privado venía registrando una contracción interanual, mientras el crecimiento del empleo se concentraba en categorías no asalariadas e informales.
En el colmo de la disociación cognitiva, el gobierno insiste en que sacó a “14 millones de personas de la pobreza”, cuando, aun con canastas de consumo e indicadores de ingresos distorsionados, las cifras del propio Indec comenzaron a marcar un aumento de la pobreza y la indigencia. En el primer semestre de 2026, la pobreza alcanzó al 32,3 por ciento de las personas, frente al 28,2 registrado en el segundo semestre de 2025. A esto debe sumarse la expansión del universo de los que están en el límite: la ex clase media en contracción.
Un modelo bajo presión
La síntesis provisoria es que el modelo libertario hace agua por todos lados: no estabiliza suficientemente la economía porque aparece la posibilidad cierta de una crisis de deuda, no logra sostener la producción y no mejora la calidad de vida de las mayorías, sino que la empeora. La potencia y profundidad del deterioro social ya logró que hasta el propio establishment le demande un poco de populismo, un plan patita electoral.
Como respuesta, Javier Milei dice que prefiere morir con las botas puestas, que si el pueblo no quiere más libertarianismo –sangre, sudor y lágrimas– él se va. Y, por si fuera poco, vuelve a correr el arco. Luego de las promesas del ministro Luis Caputo de que venían los mejores 18 meses, el Presidente desplazó las promesas a su segundo mandato, cuando finalmente podría implementar las grandes reformas que conducirán al paraíso de la libertad.
Por Claudio Scaletta para El Destape
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