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Economía

El crédito dejó de financiar proyectos para ser un salvavidas cotidiano con tasas de usura

La espiral de las familias endeudadas: salarios pisados, inflación y créditos usureros para comer

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La toma de crédito como apuesta al crecimiento es una decisión. La toma de crédito para sostener consumos básicos como el alimento es una acción forzada por la necesidad; en criollo, un manotazo de ahogado. El presidente de la Nación, Javier Milei, parece no comprender la diferencia. Al menos, eso se desprende de sus últimas declaraciones al respecto: «Que se arreglen entre privados«, dijo con su característico tono, entre soberbio y desalmado.

En este agosto, el Salario Mínimo Vital y Móvil (SMVM) quedó fijado en $376.600. Las paritarias son cuidadosamente pisadas por el Gobierno de Milei, que ahí no respeta su máxima de «que se arreglen entre privados». Los irrisorios incrementos salariales no alcanzan para compensar la inflación, que superó el 2% mensual y se instaló en 19% en siete meses.

El informe del Ministerio de Capital Humano confirmó que en junio el salario real de los trabajadores privados registrados cayó 0,9% y volvió a quedar por debajo del nivel de noviembre de 2023. En mayo, ya se había registrado una baja de 2,9%. La dinámica es contractiva: los aumentos nominales no alcanzan para compensar la suba de precios.

Los convenios colectivos se encuentran pisados: algunos pocos sectores lograron mejoras, pero la gran mayoría sufrió caídas de dos dígitos en términos interanuales. Textiles, metalúrgicos y comercio figuran entre los más golpeados.

De la baja salarial al endeudamiento serial
La consecuencia inmediata de esta pérdida de poder adquisitivo es el endeudamiento de las familias. Lo que antes era un recurso excepcional, hoy se volvió rutina: financiar la compra de alimentos en cuotas, pagar el alquiler con préstamos personales, cubrir servicios básicos con tarjeta de crédito. El crédito dejó de ser una herramienta para proyectos o inversiones y pasó a ser un salvavidas cotidiano.

Los bancos y financieras registran un aumento sostenido en la morosidad de los créditos al consumo. No es casualidad: cuando el salario no alcanza, la deuda se convierte en un círculo vicioso. Se pide un préstamo para cubrir un gasto urgente, se paga con intereses altísimos y al mes siguiente la situación se repite.

La espiral es difícil de detener. Por caso, el dirigente del Frente de Izquierda (FIT-U) Gabriel Solano realizó una denuncia penal contra Marcos Galperin, líder de Mercado Pago, por el delito de usura.

El endeudamiento no solo refleja una crisis económica, sino también una crisis social. Endeudarse para comer es un síntoma de precariedad extrema. La deuda deja de ser una elección y se convierte en una obligación. En este escenario, las familias argentinas viven con la angustia de saber que cada aumento salarial es insuficiente y cada cuota de crédito es una carga más pesada.

La relación entre salarios y deuda es directa y brutal. A menor salario real, mayor necesidad de crédito. A mayor crédito, mayor riesgo de morosidad. Y a mayor morosidad, más exclusión financiera. El sistema se retroalimenta en perjuicio de los trabajadores.

La crónica de agosto de 2026 es la de un país donde el salario mínimo no cubre la canasta básica, donde los aumentos paritarios se licúan en semanas y donde las familias sobreviven endeudándose. Una Argentina donde el trabajo ya no garantiza dignidad, sino que obliga a hipotecar el futuro para sostener el presente.

Las teorías conspirativas hablan del esquema centroamericano 80-20 como objetivo final: una población sumisa y pobre, y una elite del 20% que haga sus negocios y conduzca los destinos del país.

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