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Xi-Jinping, Trump y la batalla por gobernar la inteligencia artificial
La reciente cumbre entre Xi Jinping y Donald Trump en Washington volvió a mostrar una relación atravesada simultáneamente por la competencia estratégica y una profunda interdependencia. Comercio, semiconductores, Taiwán y seguridad internacional ocuparon buena parte de la agenda, pero un tema sobrevoló el encuentro y probablemente defina una parte sustancial de la disputa del siglo XXI: la inteligencia artificial. No hubo un gran acuerdo bilateral sobre su regulación, aunque ambos gobiernos acordaron abrir un canal de comunicación para incidentes relacionados con IA. Xi introdujo además una definición significativa: China y Estados Unidos, como países líderes en esta tecnología, tienen la responsabilidad de desarrollarla y administrarla de manera que permanezca bajo control humano.
El planteo adquiere especial relevancia porque estamos entrando en una nueva etapa. La próxima frontera de la inteligencia artificial no será solamente una máquina que responda mejor, sino una máquina capaz de actuar. Y cuando la IA pasa de responder a actuar, la cuestión de la gobernanza deja de ser accesoria. Durante los últimos años discutimos modelos capaces de escribir, programar, traducir o producir imágenes. Ahora aparecen agentes que pueden recibir objetivos, dividirlos en tareas, buscar información, interactuar con otros sistemas, tomar decisiones intermedias y ejecutar acciones con grados crecientes de autonomía.
Los acontecimientos recientes en Estados Unidos permiten dimensionar el problema. Investigaciones detectaron actividades no previstas de agentes de IA sobre sitios de organismos públicos estadounidenses. No existe evidencia de una supuesta “rebelión de las máquinas” ni de acceso a información confidencial en los principales casos informados. El dato relevante es otro: sistemas diseñados para determinadas tareas comenzaron a ejecutar acciones que sus desarrolladores no habían anticipado plenamente. La discusión deja entonces de ser solamente qué puede decir una IA para convertirse en qué puede hacer, con qué permisos, sobre qué infraestructura y bajo la responsabilidad de quién.
De la carrera Sputnik al Momento Shenzhen
Hasta ahora buena parte de la competencia tecnológica entre Estados Unidos y China podía resumirse en una pregunta: ¿quién llegará primero a la frontera de la inteligencia artificial? Quién tendrá el modelo más potente, mayor capacidad de cómputo, mejores semiconductores y más talento. Es lo que podríamos denominar una “carrera Sputnik” de la IA. Estados Unidos conserva ventajas importantes en segmentos decisivos, particularmente en semiconductores avanzados y capacidad de cómputo.
China parece estar planteando simultáneamente otra carrera: transformar la IA en una tecnología de propósito general integrada a la economía real. Es lo que venimos denominando “Momento Shenzhen”. La pregunta deja de ser solamente quién innova primero para pasar a ser quién consigue integrar esa innovación al conjunto del sistema productivo. La secuencia es: innovación / integración industrial / escala / reducción de costos / difusión tecnológica.
Los ejemplos presentados recientemente en Shanghái son ilustrativos. Huawei proyecta agentes capaces de ocuparse de procesos cada vez más prolongados mientras desarrolla aplicaciones de IA para puertos, telecomunicaciones, manufactura, minería y otras infraestructuras. En China ya existen experiencias donde inteligencia artificial, conectividad avanzada y automatización coordinan puertos inteligentes o grandes flotas de camiones eléctricos autónomos en explotaciones mineras.
La unidad de medida de la competencia tecnológica ya no debería ser solamente el modelo de IA, sino el ecosistema industrial que ese modelo consigue transformar. Inteligencia artificial / robótica / telecomunicaciones / sensores / vehículos autónomos / energía / baterías / semiconductores / logística / manufactura comienzan a superponerse. Shenzhen representa precisamente esa capacidad de integración. Pero la aparición de los agentes introduce una tercera carrera: ya no alcanza con preguntarnos quién desarrolla la IA más poderosa o quién consigue aplicarla mejor. Debemos preguntarnos quién establece las reglas bajo las cuales esa inteligencia puede actuar.
De Shanghái a Washington
China viene intentando construir una respuesta mediante diferentes niveles de regulación. No posee todavía una única ley integral de inteligencia artificial, sino normas sobre algoritmos, datos, IA generativa y nuevas aplicaciones, mientras avanza la discusión sobre agentes. Lo significativo es que Beijing intenta proyectar el debate hacia una arquitectura internacional de gobernanza.
En julio, durante la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial de Shanghái, avanzó la creación de la World Artificial Intelligence Cooperation Organization (WAICO). La iniciativa propone una organización internacional abierta, con especial atención a reducir la brecha tecnológica de los países en desarrollo. Su declaración resulta particularmente interesante frente a los acontecimientos recientes: plantea que los agentes operen con límites de comportamiento y capacidad de decisión claramente definidos, además de mecanismos de trazabilidad y alerta de riesgos.
La discusión continuó en la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS). En su última cumbre se impulsó una mayor cooperación en inteligencia artificial, economía digital, procesamiento de datos y capacidad de cómputo. Los BRICS, reunidos posteriormente en Nueva Delhi, volvieron sobre el problema: reconocieron el potencial de la IA para el crecimiento y el desarrollo, pero reclamaron simultáneamente accesibilidad, seguridad, confiabilidad y cooperación internacional, con particular atención a las necesidades del Sur Global.
Se está configurando así una discusión que atraviesa WAICO / OCS / BRICS / Naciones Unidas y excede ampliamente la competencia bilateral entre Beijing y Washington. La pregunta ya no es solamente quién desarrollará la tecnología más poderosa, sino quién participará en la construcción de las reglas que organizarán una tecnología destinada a atravesar prácticamente todas las actividades humanas.
Una nueva alfabetización
Para los países en desarrollo existe otro riesgo: reproducir con la inteligencia artificial la división internacional del trabajo de revoluciones tecnológicas anteriores. Un reducido grupo de países podría concentrar modelos, chips, infraestructura de cómputo, plataformas, datos y propiedad intelectual mientras el resto se limita a comprar servicios digitales y ofrecer sus mercados.
Por eso el debate no puede reducirse a cuántas personas utilizan un chatbot. Para países como la Argentina la pregunta estratégica es cómo incorporar IA a la industria, la energía, la agricultura, la minería, la logística, la salud, la ciencia y la educación.
Vaca Muerta constituye un ejemplo inmediato. La discusión no debería limitarse a cuántos barriles podemos extraer. La nueva industria energética funciona crecientemente sobre sensores, fibra óptica, procesamiento de datos, mantenimiento predictivo, automatización e inteligencia artificial. La pregunta es cuánto de esa capa tecnológica podemos desarrollar localmente, cuánto conocimiento queda en el país y qué capacidades nacionales construimos alrededor de nuestros recursos naturales. Sin una estrategia de desarrollo, podemos incorporar IA y continuar profundizando la primarización.
La educación plantea un desafío todavía mayor. Así como leer y escribir se convirtieron en condiciones básicas para desenvolverse en la sociedad industrial, la inteligencia artificial está generando la necesidad de una nueva alfabetización. No consiste simplemente en aprender a escribir instrucciones para un chatbot. Implica saber trabajar con sistemas inteligentes, comprender cómo producen resultados, verificar información, reconocer errores y sesgos, utilizar datos y automatizar procesos y, fundamentalmente, conservar la capacidad humana de decidir.
Esta alfabetización debería atravesar la educación y la formación profesional. Un ingeniero, un trabajador industrial, un médico, un docente, un científico o un productor agropecuario necesitarán aprender a incorporar IA a sus tareas. La brecha tecnológica del futuro puede no separar solamente a quienes tengan acceso a la IA de quienes no lo tengan, sino a las sociedades capaces de integrarla productivamente de aquellas condenadas simplemente a consumirla.
La oportunidad del Sur Global
La discusión sobre la gobernanza abre una oportunidad particular para nuestros países. En ámbitos como WAICO / OCS / BRICS aparece con creciente fuerza una idea estratégica: reducir la brecha tecnológica, ampliar la cooperación, facilitar la transferencia y difusión del conocimiento y evitar que las capacidades fundamentales de la IA queden concentradas exclusivamente en un pequeño grupo de países y corporaciones. La propuesta china busca instalar, al menos en sus iniciativas internacionales, la noción de que la inteligencia artificial debe adquirir características de bien público global para el desarrollo.
Esta perspectiva contrasta con una característica central del ecosistema estadounidense: una parte sustancial de los modelos de frontera, la infraestructura y la capacidad de cómputo está concentrada en grandes corporaciones tecnológicas. Estados Unidos conserva ventajas extraordinarias en innovación, semiconductores, plataformas y modelos avanzados, pero esa fortaleza está asociada a una concentración empresarial que plantea una pregunta decisiva: quién controla la infraestructura de la nueva economía digital y quién captura las rentas derivadas de ella. China también posee grandes empresas tecnológicas e intereses comerciales; la diferencia no debe plantearse como una oposición absoluta entre Estado y mercado. Lo relevante es que Beijing está llevando al debate multilateral propuestas de cooperación, acceso, difusión tecnológica y construcción de capacidades para los países en desarrollo.
Para la Argentina la cuestión no debería ser simplemente de qué país compramos inteligencia artificial, sino qué capacidades podemos construir a partir de ella. Transferencia tecnológica / formación de recursos humanos / infraestructura de cómputo / modelos abiertos / investigación conjunta / aplicaciones industriales / incorporación de IA a universidades y escuelas deberían formar parte de una estrategia nacional. La autonomía no consiste en mantenerse al margen de la transformación tecnológica, sino en participar de ella sin resignar la capacidad de decidir.
La cumbre entre Xi y Trump permite observar entonces por lo menos tres competencias simultáneas: quién alcanza la frontera tecnológica / quién logra integrar la IA al sistema productivo / quién construye las instituciones capaces de gobernarla. Para el Sur Global existe una cuarta: si participará en la construcción de ese futuro o simplemente recibirá tecnologías, plataformas y reglas diseñadas por otros.
La inteligencia artificial será una cuestión tecnológica, económica y educativa, pero también una cuestión de poder. Si el conocimiento se concentra, profundizará las asimetrías existentes; si se comparte, se transfiere y se transforma en capacidad productiva, puede convertirse en una extraordinaria herramienta de desarrollo. Para la Argentina y el Sur Global, participar en su gobernanza, construir capacidades propias y disputar su carácter de bien público global constituye una nueva dimensión de la autonomía y de la soberanía en el siglo XXI.
Por Sabino Vaca Narvaja para Página/12
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